El atleta que se desnuda
ante una asamblea de jorobados ,
no ha de esperar halagos.
Cual carcasa oxidada invadida por el prado,
el pájaro de hierro va pudriéndose entre las flores,
y dentro se ven, de una blancura conmovedora,
los huesos de un hombre extrañamente conservados.
En el metro, esas rosas dispersas
parecen el ramo de un muerto.
Chatarra oscura, piedras gélidas,
la alegría ha volado y nuestra vida está marchita.
Aplastado contra el cristal de mi ojo,
hago señales a los transeúntes, gritando socorro.
Pero todos son ciegos y sordos,
y cuando alguno de ellos se vuelve
es para escupir sobre mi faz oscura.
¡Oh! ¿Quién romperá la piedra muerta
donde mi corazón agoniza?
Esa cesta de frutas que relumbran al sol
me evoca el dulce tiempo de mi infancia,
y mis ojos se llenan de lágrimas y risas.
¿Cómo no sentirse apenado y a la vez encantado
cuando se ha visto brillar en el cielo de la plegaria
la inocencia perdida y la belleza primera?
Habiendo, por la fuerza de atracción del amor,
penetrado el secreto hasta la sangre,
no vi más que mi vestidura abandonada
y mi reflejo que se movía por dentro.
Cuando cerrando los ojos para verificar el peso,
lo vi que aún jugaba en mi corazón vuelto singular.